Alofoke: el aviso que la política tradicional no quiere escuchar

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Hay algo que la clase política dominicana debería comenzar a entender antes de que sea demasiado tarde: el problema no es Alofoke. El problema es todo lo que tuvo que pasar para que alguien como Alofoke pudiera convertirse en una opción política para una parte de la población.

Y esa diferencia es fundamental.

Porque resulta muy fácil burlarse. Es fácil decir que Santiago Matías es un comunicador, un empresario del entretenimiento, un influencer, que no tiene experiencia administrando el Estado o que la Presidencia de la República no es un reality show. Todo eso puede formar parte de una discusión legítima.

Pero mientras los políticos tradicionales se ríen de Alofoke, quizás deberían preguntarse algo mucho más incómodo:

¿por qué una parte del pueblo estaría dispuesta a escucharlo a él antes que volver a escuchar a los mismos políticos de siempre?

Ahí comienza la verdadera conversación.

De Bosch a una política cada vez más distante

La política dominicana ha cambiado muchísimo desde aquella República Dominicana que intentó construir Juan Bosch en 1963.

Bosch llegó a la Presidencia después de la dictadura de Trujillo y encabezó un gobierno constitucional que duró apenas unos meses antes del golpe de Estado de septiembre de 1963. La Constitución impulsada durante ese breve gobierno introdujo una concepción avanzada para su época sobre derechos políticos, civiles y sociales.

Después vendrían la Revolución de Abril, la intervención estadounidense y, posteriormente, Joaquín Balaguer, quien asumió la Presidencia en 1966 e inició una etapa prolongada y profundamente controvertida de nuestra historia política.

Con los años aparecieron nuevos liderazgos.

Llegó el PRD. Llegó el PLD. Llegó Leonel Fernández en 1996 con una imagen distinta, joven, intelectual y moderna para la política dominicana de aquel momento. Luego Hipólito Mejía, nuevamente Leonel, Danilo Medina y finalmente Luis Abinader. Fernández gobernó entre 1996 y 2000 y nuevamente entre 2004 y 2012; Mejía entre 2000 y 2004; y Medina entre 2012 y 2020.

Cambian los nombres.

Cambian los colores.

Cambian las consignas.

Pero una pregunta sigue apareciendo en la cabeza de muchos dominicanos:

¿cuánto cambia realmente la política?

Porque el ciudadano común observa algo que los dirigentes muchas veces parecen no comprender. Los adversarios que en campaña se presentan como enemigos irreconciliables mañana pueden sentarse en la misma mesa, negociar, pactar, repartirse espacios y continuar haciendo política entre ellos.

Mientras tanto, el ciudadano permanece fuera de esa mesa.

El “cambio” que prometió el PRM

El PRM entendió perfectamente ese cansancio en 2020.

Luis Abinader construyó buena parte de su campaña alrededor de la idea del cambio. En enero de aquel año, una de sus campañas planteaba expresamente: “Este es el cambio que te propongo”, vinculándolo con justicia, seguridad, oportunidades y confianza en quienes gobiernan. En su cierre de campaña volvió a hablar de alcanzar un “cambio verdadero”.

El mensaje funcionó.

Abinader ganó las elecciones de julio de 2020 con 2,154,866 votos, equivalentes al 52.52 % de los votos válidos, según la Junta Central Electoral.

Ahora bien, aquí entra mi opinión.

A mi juicio, el gran problema del PRM es que convirtió la palabra cambio en una expectativa demasiado grande para lo que finalmente podía entregar.

No estoy diciendo que absolutamente nada haya cambiado. Sería intelectualmente deshonesto decirlo de esa manera. Todo gobierno tiene decisiones que sus seguidores pueden presentar como logros y decisiones que sus adversarios pueden considerar fracasos.

Estoy hablando de algo diferente.

Estoy hablando de la sensación de ruptura que se prometió.

Mucha gente no votó simplemente para cambiar funcionarios. Quería cambiar formas. Quería menos privilegios. Quería instituciones diferentes. Quería sentir que llegar al poder no significaba convertirse inmediatamente en aquello que se había criticado desde la oposición.

Y cuando una población siente que le prometieron una transformación y recibe algo que percibe como continuidad, la frustración puede ser incluso mayor.

Porque entonces ya no se decepciona de un partido.

Se decepciona del sistema.

Y ahí aparece Alofoke

Por eso creo que Santiago Matías debe ser observado políticamente con más seriedad de la que algunos quisieran admitir.

No porque necesariamente vaya a ser presidente.

No porque sea automáticamente la solución.

Y mucho menos porque tener millones de seguidores en redes sociales equivalga a tener la capacidad para administrar un Estado.

Pero el fenómeno existe.

Matías anunció el 22 de julio de 2026 su intención de crear una organización política propia con miras a las elecciones generales de 2028. Semanas antes, una encuesta de ACD Media publicada por Diario Libre lo había colocado con un 6.3 % de preferencia entre los nombres presidenciales evaluados. Una encuesta aislada no determina una elección ni convierte automáticamente a nadie en candidato competitivo, pero sí constituye una señal que merece atención.

Para mí, ese es el verdadero significado político de Alofoke.

Es una señal.

Una advertencia.

Un síntoma del cansancio de una parte del electorado con la política convencional.

Y el error más grande que podrían cometer los partidos tradicionales sería responder con arrogancia.

“Ese hombre no sabe de política”.

“Eso es una chercha”.

“Ese muchacho no puede gobernar”.

Tal vez.

Pero esa respuesta no contesta la pregunta principal:

¿por qué hay ciudadanos dispuestos a considerarlo?

El mundo ya ha dado varias advertencias

Esto tampoco es exclusivamente dominicano.

En diferentes países han surgido liderazgos que construyeron buena parte de su fuerza enfrentándose, al menos discursivamente, a las élites políticas tradicionales.

Donald Trump llegó a la Presidencia de Estados Unidos en 2016 sin haber ocupado previamente un cargo público, algo excepcional en la historia presidencial estadounidense. Javier Milei llegó a la política después de construir notoriedad como economista y figura televisiva; fue elegido diputado en 2021 antes de alcanzar la Presidencia argentina en 2023. Nayib Bukele es un caso diferente: sí tenía experiencia política previa y había sido alcalde antes de convertirse en presidente de El Salvador.

No son iguales.

No tienen las mismas ideas.

No tienen las mismas trayectorias.

Y sería simplista meterlos a todos en una misma caja.

Pero existe un elemento común que vale la pena estudiar: cada uno entendió, de maneras diferentes, que había ciudadanos cansados del lenguaje, los códigos y las estructuras políticas tradicionales.

Eso es precisamente lo que la dirigencia dominicana debería observar.

No estoy diciendo que Alofoke sea la solución

Quiero dejar esto muy claro.

Advertir sobre el fenómeno Alofoke no significa decir que Santiago Matías está preparado para gobernar República Dominicana.

Son dos discusiones completamente distintas.

Administrar un medio de comunicación, construir una plataforma digital o convertirse en un fenómeno de audiencia demuestra capacidades empresariales y comunicacionales. Gobernar un país exige además conocimiento del Estado, equipos competentes, políticas públicas, institucionalidad, relaciones internacionales, seguridad, economía y capacidad para construir consensos.

Eso deberá juzgarse si su proyecto político llega a convertirse en una candidatura real.

Pero tampoco se puede cometer el error contrario: creer que solamente quienes han pasado veinte o treinta años dentro de un partido tienen derecho a aspirar a dirigir el país.

La democracia no pertenece a los partidos.

Pertenece a los ciudadanos.

Y cuando los ciudadanos comienzan a mirar fuera de las estructuras tradicionales, los partidos deberían preguntarse qué hicieron para provocar esa búsqueda.

El verdadero peligro para la política tradicional

Alofoke puede ganar.

Puede perder.

Puede convertirse en candidato.

Puede no conseguir construir la estructura necesaria.

Eso lo determinará el tiempo, las reglas electorales y, finalmente, los votantes.

Pero para mí hay algo mucho más importante.

Aunque Alofoke desapareciera mañana de la política, el sentimiento que permite su aparición seguiría ahí.

Ese es el punto que muchos no quieren entender.

El verdadero adversario de los partidos tradicionales no es Santiago Matías.

Es el cansancio.

Es la desconfianza.

Es la sensación del ciudadano que observa cómo pasan gobiernos, cambian funcionarios, cambian discursos y al final siente que él continúa exactamente en el mismo lugar.

La política dominicana puede reírse de Alofoke.

Puede subestimarlo.

Puede atacarlo.

Pero si no escucha el mensaje que hay detrás del fenómeno, tarde o temprano aparecerá otro.

Quizás será un comunicador.

Quizás un empresario.

Quizás un deportista.

Quizás alguien que hoy ni siquiera conocemos.

Porque cuando un pueblo deja de creer en quienes tradicionalmente le piden el voto, llega un momento en que puede comenzar a pensar:

“Cualquiera, menos los mismos”.

Y ese día el problema ya no será el candidato que apareció de repente.

El problema será entender por qué los de siempre dejaron el espacio abierto para que apareciera.

Las noticias como son. Y las cosas como son.

Yonleiby
Las Cosas Como Son
LasNoticiasComoSon.com

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