Algo importante está ocurriendo dentro del Partido Demócrata de los Estados Unidos y sería intelectualmente perezoso reducirlo a unas cuantas victorias electorales de jóvenes progresistas. El “Democratic Socialists of America” (Socialistas Demócratas de América o el DSA) lleva años construyendo una estructura política destinada no simplemente a participar dentro del Partido Demócrata, sino a tomarlo “violentamente” desde adentro.
Y está funcionando…
El avance electoral de candidatos vinculados o respaldados por el DSA demuestra que aquello que durante años muchos dirigentes demócratas consideraron una corriente marginal dejó de serlo. Encontraron distritos vulnerables, organizaciones partidarias envejecidas, liderazgos desconectados de sus electores y una generación que vive políticamente dentro de un teléfono celular.
Mientras unos celebraban reuniones con buen café, ellos organizaban.
Mientras unos imprimían volantes y se premiaban unos a otros, ellos producían contenido.
Mientras unos confiaban en el apellido, el cargo y veinte años de relaciones políticas, ellos buscaban voluntarios, “influencers” y nuevos votantes.
Y mientras los políticos tradicionales creían que era imposible derrotarlos, el DSA los derrotaba.
No es solamente una cuestión electoral
El error más grave sería analizar al DSA exclusivamente como una maquinaria electoral.
El DSA es una organización socialista (¿comunista?) con una concepción ideológica bastante definida sobre capitalismo, propiedad, trabajo, policía, inmigración, política exterior y distribución del poder económico…y Palestina claro…
Eso no es un insulto. Es ideología.
Y precisamente porque es ideología debe discutirse seriamente.
Dentro de la izquierda socialista estadounidense conviven posiciones que cuestionan profundamente el capitalismo, promueven distintas formas de propiedad colectiva, defienden políticas migratorias extraordinariamente expansivas y plantean transformaciones radicales de instituciones tradicionales estadounidenses.
Algunos sectores han defendido, además, la reducción drástica —o eliminación— de determinadas estructuras policiales y otras instituciones existentes.
Uno puede estar de acuerdo.
Puede estar en desacuerdo.
Lo intelectualmente deshonesto es fingir que estas discusiones no existen.
Durante años, además, una parte de esta nueva izquierda aprendió perfectamente las reglas culturales de la política contemporánea: al adversario no siempre hay que refutarlo; a veces basta con etiquetarlo. Racista, fascista, xenófobo y, si ninguna funciona, tranquilos: probablemente mañana aparecerá otra.
Es una estrategia extraordinariamente eficiente porque transforma una discusión política en un juicio moral. Ya no se debate si usted está equivocado. Se debate si usted es una mala persona. El DSA y sus candidatos son expertos en crear miedo en sus oponentes, sobre todo miedo al juicio de las redes sociales.
Y el miedo, como estamos comenzando a comprobar en Nueva York, puede ser electoralmente más útil que cualquier tratado de Marx.
Entonces llegaron a los distritos dominicanos
La comunidad dominicana de Nueva York constituye una pequeña pieza dentro de este fenómeno nacional, pero para nosotros tiene una importancia especial.
Durante décadas construimos representación política con enorme dificultad. Concejalías, escaños legislativos, posiciones administrativas y, finalmente, espacios de considerable influencia. Pero las últimas primarias dejaron una lección particularmente incómoda: buena parte del liderazgo político dominicano no estaba preparado para enfrentar una organización como el DSA. En ese sentido, los funcionarios electos dominicanos a nivel estatal dejaron demostrado que:
Su capacidad de comunicación digital es obsoleta y prácticamente inexistente.
Su relación con los jóvenes es deficiente.
Su inversión permanente en explicar resultados, legislación y servicios a sus propios electores es, en demasiados casos, insignificante.
Y su capacidad de movilización electoral quedó seriamente cuestionada.
Vale la pena repetirlo porque algunos todavía parecen no haberlo entendido:
No demostraron capacidad suficiente de comunicación y movilización frente a los comunistas organizados.
El DSA entendió algo que nuestros políticos debieron comprender hace años: un cargo público no viene acompañado de votos vitalicios y la comunicación política es rey en la batalla electoral.
El problema Mamdani
Aquí aparece Zohran Mamdani.
Durante su ascenso político buscó respaldo en múltiples comunidades, incluida la dominicana. Una parte importante del liderazgo dominicano entendió que existía espacio para construir una relación política con él.
Perfectamente legítimo.
La política consiste, entre otras cosas, en construir coaliciones.
El problema comienza cuando una coalición es confundida con un matrimonio.
Después de alcanzar el poder, las decisiones de Mamdani y el avance de candidatos asociados con la izquierda socialista han colocado a sectores del establecimiento dominicano en una posición mucho más incómoda.
Se pudiera hablar ahora de Mamdani, el traidor.
Quizás deberían leer un poco más a Marx.
No porque Marx haya escrito un manual titulado Cómo traicionar políticos dominicanos en Nueva York, sino porque la política marxista nunca ha sido particularmente sentimental respecto de las alianzas. Las alianzas sirven mientras sirven a determinados objetivos políticos.
Mamdani solo tiene la obligación de preservar los ideales de su organización política (DSA) y su creencia religiosa; no tiene obligación con nadie que no pertenezca a uno de esos dos criterios.
Ahí precisamente estuvo la ingenuidad.
Creyeron que estaban adquiriendo un seguro político.
Quizás solamente estaban financiando el cambio de cerradura.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la República Dominicana?
Muchísimo.
La República Dominicana tiene una realidad histórica, racial, migratoria y geopolítica que no puede importarse desde un seminario universitario.
Y aquí la discusión deja de ser divertida.
El DSA mantiene posiciones extremadamente críticas sobre fronteras, deportaciones y políticas migratorias restrictivas.
Perfecto.
Entonces hagamos una pregunta elemental:
¿Qué significa esa filosofía cuando hablamos de la frontera entre República Dominicana y Haití?
¿Tiene la República Dominicana derecho a controlar su frontera?
Sí o no.
No hace falta un PhD para contestarlo.
También han circulado dentro de espacios activistas argumentos sobre una Quisqueya unificada, sobre una identidad insular única y sobre interpretaciones raciales de la historia dominico-haitiana.
Otra vez, la solución no es gritar.
Es preguntar.
¿Apoyan la unificación política de República Dominicana y Haití?
Sí o no.
Porque una cosa es promover cooperación económica, respeto mutuo y convivencia entre dos Estados soberanos —algo perfectamente razonable— y otra muy distinta cuestionar la existencia de esos dos Estados.
Los funcionarios electos dominicanos en Nueva York no tienen el derecho de negociar la soberanía dominicana para conseguir tranquilidad en una primaria dentro de su partido. Los funcionarios electos dominicanos a nivel estatal (asambleístas y concejales) no tienen el derecho de negociar estos aspectos, aunque sea de manera simbólica o ideológica, en nombre de sus constituyentes. Mucho menos porque tienen miedo al DSA.
El caso Darializa
Esta discusión se vuelve todavía más importante ante el ascenso de Darializa Avila Chevalier.
Comentarios y publicaciones de ella sobre la bandera dominicana, la identidad nacional, la policía, la bandera estadounidense, la relación entre República Dominicana y Haití y la idea de una isla unificada merecen explicaciones directas.
No censura.
No gritos.
Explicaciones.
Si algunas expresiones han sido sacadas de contexto, que explique el contexto.
Si ya no piensa de esa manera, que lo diga.
Si todavía lo piensa, también.
Eso se llama democracia.
Resulta curioso que una generación política obsesionada con exigir explicaciones descubra repentinamente el maravilloso concepto del contexto cuando aparecen sus propias publicaciones y lo que trataron de esconder.
La memoria digital, aparentemente, también tiene ideología.
Por eso, cada dirigente dominicano que comparta escenario con Avila Chevalier debería formularle, respetuosamente, tres preguntas.
¿Reconoce plenamente el derecho de la República Dominicana a controlar su frontera con Haití?
¿Rechaza cualquier proyecto de unificación entre República Dominicana y Haití?
¿Está dispuesta a disculparse por cualquier expresión suya que haya denigrado la bandera dominicana o nuestros símbolos nacionales?
No parecen preguntas extremistas.
Parecen preguntas bastante fáciles.
Precisamente por eso sería interesante escuchar las respuestas.
El miedo de los sobrevivientes
Algunos funcionarios electos dominicanos sobrevivieron esta primera ofensiva electoral.
La palabra importante es sobrevivieron.
Hay representantes dominicanos en la Asamblea estatal y el Concejo Municipal que ahora observan el mapa político con una preocupación que hace apenas unos meses probablemente no tenían.
Y tienen razones.
El DSA demostró capacidad organizativa.
Ellos demostraron vulnerabilidad.
El problema es qué harán con ese miedo.
Algunos dirigentes ya están haciendo acercamientos o entendimientos con sectores vinculados al DSA.
Conversar no constituye pecado político.
Negociar tampoco.
Pero los electores tienen derecho a saber qué se negocia.
Porque si un funcionario dominicano está dispuesto a modificar posiciones fundamentales simplemente para evitar que le presenten un candidato en una primaria, ya no estamos hablando de diálogo.
Estamos hablando de supervivencia personal.
Una pregunta muy sencilla: ¿qué están negociando?
Por eso nuestros funcionarios electos deben hablar.
No dentro de una oficina.
No durante una cena privada.
No mediante el clásico comunicado cuidadosamente redactado que utiliza 700 palabras para evitar responder una pregunta.
Públicamente.
¿Están negociando políticamente con el DSA?
Si la respuesta es sí, ¿sobre qué?
¿Policía?
¿Socialismo?
¿Política migratoria?
¿La frontera dominico-haitiana?
¿La soberanía dominicana?
¿La posibilidad de una Quisqueya unificada?
¿Qué exactamente está sobre la mesa?
Y si no comparten esas posiciones, entonces existe una pregunta todavía más sencilla:
¿Por qué tanto miedo a decirlo?
El peor negocio posible
Algunos dirigentes parecen creer que acercarse al DSA podría comprarles tranquilidad electoral.
Es una apuesta extraordinariamente ingenua.
Una organización creada precisamente para sustituir determinadas estructuras políticas no tiene ninguna obligación de protegerlas.
Hoy pueden conversar con usted.
Mañana pueden respaldar a su adversario.
Pasado mañana pueden explicar que usted representa precisamente el sistema que ellos llegaron para reemplazar.
Y entonces nuestros funcionarios habrán conseguido una hazaña política verdaderamente memorable: traicionar sus convicciones para conservar el cargo y perder el cargo de todas maneras.
No sería exactamente una obra maestra de estrategia.
La salida no es el miedo
La respuesta dominicana al crecimiento del DSA tampoco puede ser una caricatura anticomunista ni una colección de insultos.
Tiene que ser organización.
Resultados.
Comunicación.
Formación política.
Presencia digital.
Nuevos liderazgos.
Participación juvenil.
Y, sobre todo, claridad ideológica.
Los funcionarios dominicanos deben explicar qué han hecho, qué están haciendo y qué pretenden hacer.
Deben defender sin complejos el derecho de la República Dominicana a existir como Estado soberano y controlar su territorio.
Deben rechazar inequívocamente cualquier proyecto de unificación política de la isla.
Y deben exigir respuestas a quienes aspiren a representar comunidades dominicanas mientras sostengan posiciones que puedan entrar en conflicto con esos principios.
Los dominicanos tenemos el derecho a organizarnos, rechazar de todas formas al DSA, a sus aliados y a sus aduladores, cuestionarlos y decirles:
No.
No todo es negociable.
La soberanía no es negociable.
Los símbolos nacionales no son un accesorio electoral.
Y nuestra comunidad no puede convertirse en una ficha que se intercambia para sobrevivir la próxima primaria.
El verdadero problema, entonces, quizá no sea que el DSA haya aprendido a conquistar espacios.
El problema es que demasiados de los nuestros olvidaron cómo defenderlos.
Y ahora que escuchan pasos acercándose a sus oficinas, algunos parecen haber encontrado una estrategia:
Abrir la puerta y negociar.
Ojalá recuerden, antes de hacerlo, una pequeña regla de la política:
Cuando alguien viene por tu silla, ofrecerle la mitad no garantiza que te deje sentado.
Por Rusking Pimentel


