Durante décadas, en República Dominicana hemos aprendido a identificar la política por colores, apellidos, liderazgos y estructuras partidarias. Sabemos quién es del PRM, quién viene del PLD, quién sigue a Fuerza del Pueblo y quién conserva alguna vinculación histórica con el reformismo. Lo que resulta mucho más difícil es responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué ideas representa realmente cada uno?
Ese es, a mi juicio, uno de los grandes debates que tiene por delante la política dominicana.
Hablar de que en el país no existe absolutamente ninguna organización conservadora sería incorrecto. Existen partidos y movimientos que se identifican expresamente con postulados de derecha. Generación de Servidores, por ejemplo, se define en sus estatutos de 2026 como una organización de naturaleza “conservadora” y declara abrazar el pensamiento de “Derecha Conservadora”, junto con la defensa de la propiedad privada, la soberanía nacional y valores judeocristianos. Dominicanos por el Cambio también ha sido históricamente identificado con posiciones conservadoras.
Por tanto, el problema no es simplemente la inexistencia.
El problema es la fragmentación, el tamaño y la falta de una gran referencia nacional claramente diferenciada alrededor de un programa conservador coherente.
Ese matiz es importante.
Los grandes partidos dominicanos continúan concentrando la mayor parte del poder político, electoral y organizativo. La Junta Central Electoral mantiene al PRM, Fuerza del Pueblo y PLD en los primeros lugares del orden partidario establecido para 2028. Al mismo tiempo, estudios recientes sobre el sistema político dominicano siguen señalando algo que llevamos años observando: las personalidades, las estructuras y las relaciones clientelares continúan pesando enormemente, mientras las diferencias ideológicas entre los grandes partidos pueden resultar mucho menos claras.
Y ahí está el verdadero terreno en el que surge la llamada nueva derecha dominicana.
No necesariamente porque antes no existieran conservadores, sino porque aparecen actores que intentan convertir esa identidad ideológica en el centro mismo de su mensaje político.
Uno de esos nombres es Fernando Abreu.
Patria Libre surgió públicamente en 2023 impulsada por Abreu y otros activistas, con participación del think tank ÚnicaVía. Desde su presentación planteó ideas asociadas al libertarismo económico y al conservadurismo social: reducción del tamaño del Estado, menores impuestos, defensa de la propiedad privada, soberanía nacional y posiciones conservadoras en asuntos sociales. Para las elecciones de 2024 presentó candidatos mediante una alianza con Generación de Servidores.
Eso constituye un fenómeno político que merece ser estudiado independientemente de que una persona esté de acuerdo o no con sus posiciones.
Porque cuando aparece una corriente que pretende romper con el lenguaje habitual del sistema, la discusión democrática debería concentrarse primero en sus propuestas.
¿Qué plantea sobre impuestos?
¿Qué propone para reducir o ampliar el Estado?
¿Qué haría con el gasto público?
¿Qué modelo tiene para educación, seguridad, inmigración, libertad económica o política social?
¿Qué medidas son viables y cuáles no?
Esas son las preguntas que deberían dominar una conversación política seria.
Sin embargo, existe una dificultad adicional para cualquier organización emergente: competir con estructuras consolidadas es extraordinariamente complicado. Freedom House ha señalado en sus evaluaciones sobre República Dominicana que los partidos nuevos y pequeños enfrentan dificultades para acceder al financiamiento y obtener una cobertura mediática comparable a la de organizaciones mayores.
Ese dato ayuda a explicar una parte del problema.
Cuando una organización tiene menos estructura, menos cargos electos, menos recursos y menos presencia territorial, la personalidad de su dirigente puede terminar ocupando mucho más espacio público que sus propuestas.
Y eso no beneficia necesariamente al debate.
Con Fernando Abreu ocurre algo interesante para observar: buena parte de su posicionamiento público está construido alrededor de una identidad ideológica deliberadamente disruptiva. Su movimiento se presenta como una “nueva derecha” y su actual plataforma política continúa promoviendo la organización de Patria Libre, mientras su página personal utiliza el concepto de “La Única Vía”.
El reto, sin embargo, va mucho más allá de Fernando Abreu.
Ninguna corriente política puede consolidarse únicamente alrededor de una persona.
Si una nueva derecha quiere convertirse en un actor permanente dentro de la democracia dominicana, tendrá que construir instituciones, formar dirigentes, producir propuestas técnicamente defendibles y desarrollar una cultura política que sobreviva a sus principales figuras.
Ahí es donde históricamente hemos tenido dificultades como país.
Investigaciones sobre los partidos dominicanos han señalado durante años su bajo perfil ideológico y la tendencia hacia organizaciones más concentradas en alcanzar posiciones de poder que en articular proyectos claramente diferenciados de nación. Estudios más recientes continúan describiendo un sistema pragmático, relativamente centrista y muy influido por los liderazgos personales.
Por eso el desafío no pertenece exclusivamente a la derecha.
También es un problema de nuestra democracia.
Una democracia madura necesita diferencias comprensibles. Necesita que un ciudadano pueda leer un programa político y saber qué consecuencias económicas, sociales e institucionales tendría llevarlo al poder.
Necesita izquierda con propuestas.
Necesita centro con propuestas.
Necesita derecha con propuestas.
Y necesita periodistas, comunicadores, intelectuales y ciudadanos capaces de discutir esas propuestas sin convertir cada diferencia política en un conflicto personal.
La llamada batalla cultural tampoco puede reducirse a videos virales, discusiones en redes sociales o enfrentamientos entre comunicadores.
Las ideas necesitan libros, artículos, universidades, centros de pensamiento, investigaciones, debates, economistas, juristas, profesores y comunicadores capaces de defenderlas con argumentos.
Ese quizás sea uno de los mayores retos de cualquier nueva corriente conservadora dominicana.
No basta con declararse de derecha.
Hay que explicar qué derecha.
No basta con decir que se quiere menos Estado.
Hay que decir qué instituciones se eliminarían, cuánto se ahorraría, qué ocurriría con esos servicios y cómo se protegería a quienes dependan de ellos.
No basta con defender el mercado.
Hay que explicar cómo generar competencia, enfrentar monopolios, impulsar pequeñas empresas y garantizar reglas iguales.
Y tampoco basta con denunciar determinadas ideas como izquierdistas.
Una alternativa política se vuelve seria cuando puede presentar algo mejor.
Ahí debería concentrarse el debate.
República Dominicana tiene una oportunidad interesante en los próximos años: pasar de una política excesivamente dependiente de figuras, colores y maquinarias a una política donde las ideas tengan mayor peso.
La aparición de nuevas organizaciones conservadoras forma parte de esa transformación, de la misma manera que otras corrientes políticas tienen derecho a organizarse, presentar sus programas y competir democráticamente.
Después será el ciudadano quien decida.
Pero para decidir de verdad necesita conocer las ideas antes que los insultos, las propuestas antes que los prejuicios y los programas antes que las etiquetas.
Ese debería ser el verdadero reto de la nueva derecha dominicana.
Y, en realidad, debería ser el reto de toda la política nacional.
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Yonleiby
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